Pregúntale a cualquiera en Panamá qué significa la rana dorada y te dirá una sola palabra: suerte. Está en los billetes de lotería, en las vitrinas y fundida en amuletos que se venden de un extremo al otro del país. Hasta tiene su propio día nacional.
Lo que suele quedarse fuera de esa conversación es que el animal, allá en el bosque, prácticamente ya no está.
El amuleto llegó primero
Mucho antes de ser una mascota, la rana era un mensaje con un trabajo muy concreto. Los orfebres del Gran Coclé la fundían en huacas, pequeños amuletos que se llevaban pegados a la piel, porque la rana aparece justo antes que la lluvia. En una sociedad agrícola, ese aviso valía más que el oro mismo.
Llevar una significaba pedir una buena temporada y mantener la sequía un poco más lejos. La suerte que todavía le atribuimos hoy es lo que queda de aquella esperanza más antigua y mucho más práctica, pulida por unos cuantos miles de años.
El animal en sí
La rana dorada panameña, Atelopus zeteki, vive en los bosques nubosos cerca de El Valle de Antón. O más bien vivía allí, y ese tiempo pasado importa. Es de un amarillo intenso y lo bastante pequeña para caber en tu palma, y hace algo que casi ninguna otra rana hace. Saluda. Los arroyos junto a los que vive son demasiado ruidosos para que el canto sirva, así que hace señas con una pata delantera.
Después, a finales de los noventa y en los años dos mil, las poblaciones colapsaron. Una enfermedad causada por un hongo arrasó anfibios en todo el mundo, y la pérdida de hábitat hizo el resto. Nadie ha confirmado un avistamiento en libertad desde 2009.
Un símbolo nacional de buena suerte que se quedó sin la suya.
Sobrevive, solo que no allá afuera
La especie se sostiene en programas de conservación en Panamá y en el extranjero, donde se crían poblaciones cautivas a la espera del día en que alguien descubra cómo devolverlas a un bosque que no vuelva a matarlas. Es un trabajo lento e incierto. El hongo no se ha ido a ninguna parte.
El Día Nacional de la Rana Dorada cae cada 14 de agosto. Hoy es menos una fiesta y más una campaña silenciosa para que la especie no se olvide antes de que se pueda salvar.
Por qué la seguimos fundiendo
Hay algo genuinamente incómodo en un símbolo nacional de buena suerte que se quedó sin la suya. Pero esta rana lleva fundida en oro sobre esta tierra más de mil años, mucho antes de que nadie pensara que necesitaba protección, y la forma no ha perdido lo que significaba.
Si una ranita de oro sobre el pecho de alguien arranca aunque sea una conversación sobre por qué desapareció la de verdad, no es poca cosa pedirle eso a una joya.